Irlanda y mi ‘madre’ Roberta

Irlanda y mi ‘madre’ Roberta

Por Silvia Corral

Cuando cambié mi verde Galicia por una más verde todavía Irlanda, dejé muchas cosas atrás: mi familia, mis amigos, mi novio, ¡mi perro!… y tuve que aprender a disfrutar de ellos en la distancia (¡bendito Skype!).

Una de las personas que se convirtieron en imprescindibles para mí desde el primer día fue Roberta, la mujer con la que viví los primeros meses. Repartidos en dos pisos y una entreplanta, su casa era una combinación perfecta de historia y misterio. Me alquiló una habitación en su preciosa casa, que era prácticamente un museo porque se construyó hace casi trescientos años. Tenía una cama enorme y estaba decorada en su mayoría con cosas antiguas, incluso tenía un tocador.

Roberta era (y es) una señora presumida, amable y con mucho mundo. También tenía sus manías – a las que me tuve que adaptar dado que era su casa – y disfrutaba enseñándole su casa a todo el mundo. En la parte de atrás de la casa, tenía su paraíso general: docenas de plantas y flores diferentes que cuidaba con mimo y con ayuda de uno de sus yernos que era jardinero.

Además, Roberta era una gran cocinera y disfrutaba cocinando para las dos y aprendiendo cuando yo preparaba algo también para ambas. Lo que más me gustaba era su tarta Victoria: esa crema, ese bizcocho, esas fresas… Y ella lo sabe, porque cuando aviso de que voy a visitarla, siempre hay un pedazo de tarta para mí encima de la mesa. ¡Y ojalá pudierais probar sus ‘pancakes’! Mmmm.

Roberta y su familia están muy unidos y a mí me aceptaron como una más. Disfrutaba jugando con sus cinco nietos en el jardín, hablando sobre viajes y libros con su cuñada Mary o comentando con su yerno el último partido de hurling del Kilkenny. A veces, incluso los acompañaba en excursiones y reuniones familiares; eso hizo que me sintiese querida y que la morriña por mi tierra no apareciese tan a menudo.

Por ello, Roberta se convirtió para mí en una madre: me escuchaba, me aconsejaba y me protegía como tal, aunque por edad pudiese ser mi abuela más que mi madre. Y ésta es solo una parte de mi historia, la historia de cómo Irlanda cambió mi vida.

Silvia Corral

26 años. Periodista. Galega. Ciudadana del mundo.

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